¿Mono Desnudo?

En la época de los años 60 y 70 del pasado siglo tuvo gran predicamento entre los lectores y el público en general un ensayo "científico" titulado El mono desnudo. Apelativo con el que se quería encasillar al ser humano entre los límites de su animalidad. Su autor se llamaba Desmond Morris e ignoro hasta que punto se hallaban cimentadas sus credenciales científicas. El libro era un estudio sobre la trayectoria del homo sapiens desde una perspectiva evolucionista, sin obviar ninguno  de los postulados darwinianos al respecto. Desde el punto de vista de Morris el hombre no dejaba de ser un primate despabilado que había salido airoso de su adaptación al medio. En esta tesis netamente materialista se minimizaba la importancia del desarrollo espiritual y cultural del hombre, del cual se presentaba una imagen totalmente volcada a satisfacer las apetitos más básicos, teniendo como meta el más ramplón de los horizontes. Semejante diatriba no pudo pasar desapercibida y recibió pronta réplica del mundo intelectual. No tardaron unos discípulos de Teilhard de Chardin, ese evolucionista confesional, en apresurarse a redactar una respuesta a la controversia con una obrita que llevaba por título: ¿Mono desnudo u Homo sapiens? En ésta trataron de conjurar el escándalo desmondiano, apostando por una vía más trascendente para la condición humana.

El origen de las especies y El origen del hombre son las obras de Charles Darwin que conservo en mi biblioteca. Reconozco no haberlas leído aunque por su calado deberían ser de lectura obligada para el hombre de los siglos XX y XXI. No pasé de los primeros capítulos del Origen de las especies, pues confieso que como me ocurre en la historia con los textos arcaicos intercalados entre sus párrafos, en las obras de corte científico la abundancia de criptogramas y de notas a pie de página vuelven la lectura farragosa.
Sobre la teoría de la evolución en nuestros días existen claramente dos posturas enfrentadas: la de los incondicionales acérrimos  y la de los detractores consumados. En la primera clase se refugian los académicos aún sujetos a la objeción empírica, y en la segunda aquellos que fundamentan sus creencias
sobre valores religiosos. A esta irreconciliable disputa es a la que quiso hacer frente Teilhard tratando de comprender el evolucionismo a la luz de las Sagradas escrituras. Hoy día nadie puede dudar que la actualidad del hombre como la del universo derivan de un milenario proceso evolutivo, cuyos factores de desarrollo todavía no están totalmente aclarados. Hoy nadie desmiente que la teoría presenta muchos cabos suelto, como tampoco se duda de que las conclusiones sobre la Biblia deban tomarse al pie de la letra. Pero tampoco se puede eludir que existe una explicación científica del cosmos como asimismo una congruencia perfecta de la Verdad revelada. El misterio bíblico responde a un orden acabado; para el creyente todo cuadra, cualquier conjetura encuentra su explicación en el logos del Libro. En su explicación teológica no existen lagunas, como es palmario que el orden del cosmos se rige por leyes inmutables, a las cuales no podemos sustraernos.
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Francisco Juliá

Soy Francisco Juliá, y el deseo de este blog es llegar al mayor número de lectores, compartir una hermandad a la que nos invita lo íntimo de la conciencia.

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