Temerario me lancé al mar
y tuve la experiencia del naufragio,
Me cansé de batir con las olas
y palpé sus profundidades ciegas.
Era demasiada su vastedad
para abarcarla con mis cortos brazos,
sus abismos, sus corrientes, sus simas,
la variedad de especies, sus plantas,
sus algas y corales...
Conocía mi pequeñez solitaria,
el calado de sus espacios insondables
en los que sólo podría ser guiñapo
y la mar mortaja; sin embargo
braceé desesperado, confiando
en que todavía no había exhalado
mi último aliento, en que todavía
no se había escrito mi última palabra
ni proferido el último lamento.
La pleamar me devolvió a la costa
destrozado y exangüe, herido
con lesiones que sólo el tiempo
sanaría, sumido el ánimo
en la soledad de un silencio
que las palabras no pueden llenar,
y en el corazón roto el enigma
de un misterio que descifrar.
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