No he encontrado pareja
que acompañe mis días y mis pasos;
la única lealtad cierta
es la soledad. Furtivo,
escucho su respirar;
su latido sordo en las noches,
cuando me estrecha su mano de ausencia,
con huérfano signo de amistad.
Pienso que algún día doblaré
la esquina de la soledad,
para transitar la calle
con grata compañía
o pasear de otro brazo por el malecón,
afrontando el viento de diciembre,
aterido bajo el abrigo,
contemplando la braveza del mar,
o escuchando el ruido solidario
de unos pasos, que conmigo van.
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